martes, octubre 07, 2014

EL EJÉRCITO DE LIBERACIÓN NACIONAL Y EL PARTIDO SOCIALISTA DE CHILE- UNA SIMBIOSIS REVOLUCIONARIA


La Historia de la Evolución Socialista
La cultura política convencional ha determinado que la radicalización política e ideológica del Partido Socialista de Chile (PS) desde mediados de la década de 1960, fue producto del triunfo de la Revolución Cubana, sin duda, esta gesta tuvo influencias, pero en lo fundamental, el proceso se inicia con mucha antelación, está vinculado a la crisis del socialismo chileno en la segunda mitad de la década de 1940, producto de la participación en coaliciones de gobierno que tuvieron como eje el centro político, al Partido Radical. También contribuyó a ello el deterioro del apoyo popular y, tal vez decisivamente, la participación de un segmento de los divididos socialistas, en la coalición que eligió Presidente de la República a Carlos Ibáñez del Campo en 1952, y a su frustrante participación en los primeros 18 meses de su gobierno populista.
Un factor adicional que determinó el giro a la izquierda de los socialistas, fue la aguda crisis de mediados de la década de 1950, con su correlato de deterioro social y económico, y con el amplio consenso en torno a la necesidad de reformas estructurales para su superación, lo que para el PS crecientemente sólo era posible concretar a través de un proceso revolucionario.
Es más, es posible plantear que los antecedentes ideológicos remotos de la radicalización se encuentran en los contenidos del Programa de 1947, redactado por Eugenio González Rojas, en el momento más agudo de la primera gran crisis partidaria.
Este trabajo se sustenta sobre la bibliografía básica acerca del socialismo chileno, y sobre documentos partidarios impresos, en particular con las resoluciones de los congresos realizados entre 1957 y 1967, y con entrevistas a algunos militantes que tuvieron responsabilidades de dirección nacional en las décadas de 1960 y 1970.
En el XVI Congreso General Ordinario, realizado en Valparaíso en octubre de 1956, los Socialistas Populares comenzaron a apartarse decisivamente de lo que había sido la "política socialista" de alianzas y también a perfilar más claramente el carácter de la revolución, comenzando a transitar por el camino que les llevaría a adoptar la opción insurreccional a mediados de la década de 1960. Para 1956 consideraban agotada la experiencia de los frentes con los partidos burgueses; ello no constituía una sorpresa, pues ese tipo de alianzas había llevado al Partido no sólo a una profunda crisis a mediados de la década de 1940, sino virtualmente al borde de su extinción4. De otra parte, el desencanto luego de su experiencia populista en la candidatura presidencial y en los primeros meses del segundo gobierno de Carlos Ibáñez, era un argumento adicional para terminar con las alianzas más allá del ámbito de los partidos obreros.
Desde todo punto de vista, había llegado:
"la hora de endurecer la lucha, definiéndola tras objetivos revolucionarios, a tono con las aspiraciones de clase de los trabajadores y en tal sentido, únicamente un frente de partidos obreros y la CUT, Un Frente de Trabajadores, podía conducir adelante, sin claudicaciones, una política de clase, bajo la consigna "Revolución o Miseria" proclamada en el XVI Congreso General del PSP.
Detrás de ese giro era posible identificar la vigencia al interior del Partido de ideas trotskistas acerca de la naturaleza de la revolución socialista en los países atrasados, la que rechazaba cualquier rol que la burguesía nacional pudiese tener en el proceso revolucionario tanto por su debilidad, como por sus estrechos vínculos con la oligarquía terrateniente y el imperialismo.
En la preparación del Congreso XVII, la Comisión Política del Congreso de Unidad planteó que existía "la imposibilidad dentro del actual sistema legal, político e institucional, que favorece a las fuerzas sociales regresivas, de promover un efectivo desarrollo de la democracia y el progreso social ... y denunció los efectos disociadores, corruptores y enervantes de la acomodación de los partidos revolucionarios al juego político e institucional de la democracia burguesa, lo que les ha impedido aprovechar las oportunidades que franquea ese sistema para acelerar el avance hacia los objetivos del socialismo".
Las conclusiones del Congreso, por su trascendencia para la política del Partido en los diez años siguientes, hacen necesario reproducirlas de manera extensa. En ellas se encuentran los fundamentos del recorrido que el Socialismo chileno haría hasta el "Congreso de Chillán" en 1967:
"Ante este panorama de la realidad nacional, el socialismo chileno confirma su oposición irreductible al régimen existente en el país en todos los planos y proclama su voluntad de dirigir a todas las fuerzas sociales interesadas en su superación en una común empresa política destinada a edificar un nuevo orden social, capaz de asegurar nuestro desarrollo productivo y de crear las condiciones para una convivencia social justa, democrática y progresiva, encaminada hacia el socialismo
Afirma que su convicción de que el desarrollo social y económico de Chile, la experiencia sindical y política de la clase obrera, su gravitación potencial en el país y el desenvolvimiento paralelo del pensamiento socialista, le confieren a esta clase en la medida en que tome conciencia de su papel revolucionario, un sitio de vanguardia en el campo de los adversarios del régimen, y le convierte en el agente fundamental de su transformación".
De las consideraciones anteriores, se desprende que un solo y vasto Frente de Trabajadores, manuales e intelectuales, bajo el comando y la hegemonía de la clase obrera e inspirado en la ideología socialista, podía ser capaz de alterar el "status quo" nacional, proponiéndose abiertamente la toma del poder, como único medio de realizar consecuentemente sus aspiraciones.
Para entonces una parte importante del socialismo chileno estaba convencido de que sólo se podían resolver las contradicciones internas fundamentales de la estructura social, si el poder político era conquistado por la clase trabajadora y sus partidos representativos. En la lucha por el socialismo, la cuestión decisiva era, pues, la conquista del poder político, ya que era imposible lograr una transformación estructural de la sociedad, si las clases privilegiadas mantenían el poder de sus partidos y si este poder no pasa a manos del pueblo y las organizaciones que lo representan.
Dos años más tarde, con ocasión del XVIII Congreso, realizado en Valparaíso, los Socialistas fueron más explícitos aún en cuanto a su política, y se impusieron dos líneas de acción política que habrían de tener un fuerte impacto acerca del carácter del Partido por un lado, y respecto de su accionar en el sistema político, por otro. Todo ello quedó plasmado en las resoluciones 4ª y 5ª. La primera de ellas planteaba la necesidad de llevar la discusión política al seno de los trabajadores y especialmente de los campesinos, hasta formar conciencia de papel revolucionario que deben jugar en la pugna social. La segunda, rechazaba la práctica de alianza o entendimientos con partidos ajenos al Frente de Acción Popular, a excepción de la acción parlamentaria, a menos que razones de gran trascendencia para la vida del Partido y del movimiento popular así lo exijan y sólo en carácter absolutamente transitorio y con objetivos concretos, en el entendido de que no comprometan la línea política del Partido y sus objetivos de clarificación ante la masa.
Para los Socialistas la nueva política de alianzas de ningún modo significaba hacer concesiones con el fin de mantener la unidad; al respecto la resolución número 3 planteaba que era necesario:
"Alimentar la discusión fraternal y respetuosa entre los aliados del FRAP en aquellos puntos de su política nacional e internacional en que no haya acuerdo, hasta lograr que el entendimiento llegue y la unidad se fortalezca".
Esta postura de los Socialistas habría de tener importantes manifestaciones en ásperas polémicas con la dirección del Partido Comunista de Chile, desde mediados de la década de 1960, con relación a la derrota de Salvador Allende en la elección presidencial de 1964, al cisma chino-soviético, las vías de la revolución, y en 1968 con ocasión de la invasión a Checoslovaquia de las fuerzas del pacto de Varsovia que determinó el fin de la "primavera de Praga".
El camino de la radicalización socialista continuó y se acentuó en la medida en que las contradicciones que enfrentaba el país en todos los ámbitos de su poder se agudizaban. Cuenta de ello es el análisis de Raúl Ampuero en el artículo "Reflexiones sobre la revolución y el socialismo", en el que en primer lugar proclamaba su adhesión al marxismo, entendido como un método de orientación social, por lo que rechazaba lo que él llamaba la posición "talmudista" del marxismo, por su espíritu dogmático y de mera aplicación de conceptos teóricos abstractos. Es marxista, pero, según sus propias palabras, "la peor manera de responder a nuestra misión revolucionaria es caer en la exégesis simple de los viejos textos sagrados o en la imitación servil de la estrategia extranjera".
Respecto de la estrategia partidaria, Ampuero enfrentó el ineludible desafío de tener que referirse al concepto de "revolución democrática burguesa" que enarbolaba por entonces el PC de manera frontal, y concluyó que América Latina no reclamaba una revolución democrática burguesa, pues las burguesías del continente carecían de independencia para desarrollar los procesos que llevaron a cabo las burguesías de los países avanzados; las burguesías latinoamericanas ya eran por entonces tributarias del imperialismo. Con relación a ello señaló: "Yo diría (...) categóricamente(...) que si por revolución democrática-burguesa entendemos una revolución conducida por la burguesía, para extender los derechos populares, para crear un estado verdaderamente nacional, para hacer trizas los moldes de la economía terrateniente (...) ningún país latinoamericano está en víspera de vivirla".
Lo anterior hacía que "la revolución socialista" estuviese en el primer punto de la agenda, y para ello era necesaria "la existencia de un partido con plena conciencia de sus metas políticas, de su carácter de agente de la transformación y cuya organización y régimen interno le permiten operar como un factor de comando sobre la masa trabajadora en su conjunto". Para Ampuero, ese partido era el Partido Socialista, y advertía que frente a las dimensiones de sus desafíos y ante la posibilidad de las clases dominantes rompieran su propia legalidad:
"Si el Partido desea cumplir cabalmente con su rol histórico, deberá agotar el examen del significado de la violencia en el curso de los acontecimientos chilenos. Cualquiera que sea, y ello dependerá de condiciones históricas y sociológicas concretas, su presencia en nuestras luchas políticas parece ineludible y sería un pecado de leso optimismo el suponerla ajena a las tradiciones de nuestras clases dominantes y una ingenuidad imperdonable incurrir en la idealización de los instrumentos electorales.
En el marco de una fuerte polémica con la dirección del Partido Comunista de Chile, con motivo de la celebración de los 30 años del Partido, Raúl Ampuero intervino en un seminario organizado al efecto con una ponencia que profundizaba las concepciones rupturistas y que permitían avizorar en el horizonte grandes definiciones partidarias. En "Los distintos caminos hacia el socialismo" Ampuero formuló, tal vez, el más elaborado análisis para el ideario, contenido y extensión del pensamiento socialista en la primera mitad de la década de 1960.
Luego de pasar revista a los problemas internacionales del socialismo, entre los cuales formuló un lúcido análisis de los movimientos anticoloniales y de liberación nacional y al creciente conflicto chino-soviético, el Secretario General enunció las que a su juicio eran las grandes cuestiones del socialismo contemporáneo, todas fuertemente críticas del ordenamiento del "campo socialista":
El primero de ellos eran los problemas de la unidad de las fuerzas revolucionarias. Es decir la necesidad de integración del movimiento socialista en un sistema democrático de coordinación política, estratégica e ideológica, sobre la base del respeto a cada uno de los partidos y a cada una de las experiencias y abordar con objetividad científica las denominaciones de "sectarismo" y "revisionismo".
La segunda, se relacionaba con el tema de los métodos de lucha. O sea, análisis de la concepción de la revolución y de la reforma, la combinación de los medios legales e ilegales de lucha, en su valorización nacional y como alternativas posibles para América Latina.
En tercer término, hizo referencia a los problemas ideológicos. Entre ellos la coexistencia pacífica y la lucha de clases, y sus implicaciones conexas de paz y desarme, y la concepción de la guerra de liberación nacional como una guerra justa, porque un clima de convivencia pacífica en el plano universal, un aflojamiento de las tendencias internacionales, no sólo no obligaban a renunciar a la lucha por los cambios sociales en el seno de cada país, sino más bien "ella puede tener un renovado impulso al librar a los partidos y movimientos del peso de la polarización de los bloques y de las amenazas de la guerra internacional". También se refirió a la importancia de analizar cómo en una sociedad socialista por el sólo hecho de establecer un gobierno revolucionario no se resuelven automáticamente todas las contradicciones, y la necesidad de enfocar, entonces, los asuntos del Estado, el capitalismo de Estado y el burocratismo, dentro de una sociedad básicamente socialista.
Otro de los temas discutidos por el líder socialista fue el concepto de dictadura del proletariado. Es decir, plantear la dictadura del proletariado como democracia de trabajadores, pues dentro de las tradiciones socialistas y en el espíritu de Marx y Engels se encuentra la idea de que la dictadura revolucionaria del proletariado debe desembocar en la amplia democracia de los explotados. Por ello "la experiencia stalinista ha demostrado la necesidad de establecer instrumentos institucionales democráticos en el Estado obrero, que neutralicen las tendencias represivas".
Otros tres problemas llamaron la atención de Ampuero; la propiedad nacionalizada; las relaciones de intercambio entre naciones socialistas y problemas del desarrollo económico socialista y, por último, los problemas políticos. Especialmente aquellos que se relacionaban con el estudio de los instrumentos institucionales democráticos del gobierno revolucionario, y en especial, la creación de instituciones que mantuvieran la conexión entre el interés político y social de las masas trabajadoras y los objetivos de su gobierno revolucionario, poniendo atención a la concepción del partido aislado y sólo, como único intermediario entre la voluntad política de las masas y el Estado, o las ideas de un partido como centro y columna vertebral de una más amplia organización de instituciones, movimientos y personas.
Por aquellos días ya soplaban los aires del "efecto cubano" y el Partido, como es sabido, no estuvo ajeno a su influencia, sino que por el contrario, la experimentó intensamente. Pero tampoco el Partido estuvo ajeno a las implicancias del cisma chino-soviético. En su informe al XX Congreso, febrero de 1964, el Secretario General manifestó:
La crisis chino-soviética, principalmente, pero también el embrujo romántico de las acciones guerrilleras en otros escenarios o la demagogia irresponsable de algunos aventureros, constituyen los ingredientes básicos de quienes pretenden fundar una nueva agrupación política, que dispute el campo a socialistas y comunistas. Nada tendríamos que objetar si se conforman con reclutar adeptos limpiamente, rivalizando con nosotros a la luz del día; pero no es así, las expectativas están puestas en la previa destrucción del Partido Socialista.
El momento decisivo en la trayectoria socialista hacia una concepción insurreccional tuvo lugar en torno a la realización del XXI Congreso en junio de 1965 y está marcada por la tercera derrota electoral de Salvador Allende como candidato presidencial, los reordenamientos en el seno de la izquierda y el desafío DC en cuanto a partido con actividad de masas. Fue en ese Congreso, realizado en Linares, en que el Partido radicalizó sus planteamientos teóricos, y dejó abierto el camino y dadas las condiciones para que dos años más tarde, en Chillán, se adoptara la "vía insurreccional".
Las discusiones de ese Congreso tuvieron como base una tesis política elaborada por una figura partidaria emergente que tuvo una gravitación importante en la vida interna del Partido hasta 1973, Adonis Sepúlveda Acuña, en la que realizó un recuento del devenir partidario desde el Congreso de unidad de 1955. Sin embargo, su eje principal lo constituyó su análisis del estado en que quedó el movimiento popular después de la elección de septiembre de 1964; en él, nuevamente los fantasmas del reformismo y la colaboración de clases comenzaban a rondar al socialismo chileno:
La no conducción de la lucha social hacia un enfrentamiento decisivo de clases y su orientación exclusiva por la vía electoral, presentando ese camino como una etapa de la revolución chilena, dejó a ésta sin otra posibilidad que el triunfo en las urnas. El fracaso la dejó sin salida momentáneamente, provocando un cambio en el estado anímico y en el sentido del movimiento de masas: su reflujo político.
Sin embargo, el proceso de la revolución no se rompió con la derrota. Su desenlace ilegítimo -que no llevó a jugarse a la clase y sólo desgastó sus energías en luchas insustanciales- permitió que sus fuerzas quedaran con sus cuadros vivos y combatientes.
El problema era ahora la definición del objetivo estratégico en pos del cual había que invertir todo "este capital político, puesto nuevamente en marcha hacia la toma del poder como objetivo de fondo, depurado y orientado sin debilidades ni vacilaciones hacia su meta histórica, debe culminar ineludiblemente en el triunfo del socialismo".
El problema creado por la emergencia de la Democracia Cristiana como fuerza política popular de masas, y su política de "Revolución en Libertad", obligaba al socialismo a perfilarse de manera más clara, de tal manera que los llamados desde el centro no tuvieran eco en las filas partidarias; a los socialistas estos no pueden hacernos dudar de la vigencia de nuestros postulados básicos. No hay ni puede haber una sino una revolución: la que lleve al poder a la clase obrera y al pueblo para realizar a través de un solo proceso las tareas incumplidas de la revolución democrático-burguesa y la revolución socialista.
Desde ese punto de vista, las tareas de los socialistas eran claras y representaban trascendentes desafíos, pues:
"nuestra perspectiva sigue siendo la toma del poder, aunque este objetivo no esté a la orden del día en lo inmediato por las condiciones actuales que han cambiado la característica y el ritmo de la lucha. Dentro de esta perspectiva, las tareas presentes de los partidos de vanguardia son por un lado, la reconquista de las masas...y por otro, impulsar la lucha del pueblo desde su nivel actual hacia una salida revolucionaria que culmine con la toma del poder (...)".
En esa perspectiva tampoco era plausible un entendimiento con el centro radical, e igualmente era considerado funesto continuar alimentando agrupaciones minúsculas, seudo izquierdistas a las que calificó como a "verdaderos despojos de la burguesía". Sería fatal forjar nuevas ilusiones en las masas; por lo tanto, junto con agilizar la organización del movimiento popular, incluida la Central Única de Trabajadores, el Partido debía afianzarse de nuevo en las masas con una política de contornos precisos y definidos.
Tal postura significaba reafirmar la vigencia de la línea estratégica establecida en 1957, pero a la vez revisar los contenidos de la alianza con el PC. Al respecto, en cuanto al FRAP, el documento de Adonis Sepúlveda planteó que:
Como expresión de la línea de Frente de Trabajadores, debe constituirse en un efectivo Frente de Clase, que prepare con un sentido revolucionario el nuevo ascenso del movimiento popular. Una política de este orden implica resolver las diferencias que neutralizan la acción de los partidos obreros, para dar paso a una perspectiva estratégica común elaborada en franca y abierta discusión. Porque mientras se mantenga la actual correlación de fuerzas dentro del movimiento popular, la consecución de objetivos revolucionarios de la clase obrera sólo será realidad si la conducción del movimiento no significa dos líneas divergentes, ni menos una orientación supeditando a la otra. La unidad socialista-comunista ha significado, en los hechos, dos puntos de vista que han chocado en momentos trascendentales o se han impuesto subrepticiamente. No obstante estos obstáculos paralizantes, ha sido la unidad de clase, la unidad socialista-comunista, la que ha permitido la formación orgánica del movimiento popular y ha impulsado su desarrollo. Esta premisa sigue siendo válida, pero por los propios resultados de la estrategia seguida como por la experiencia ganada con las actuales formas de entendimiento, necesitamos elevarla a un plano distinto en el cual los objetivos y la estrategia común no impidan la configuración política propia de cada partido. La unidad socialista-comunista sigue siendo valedera y está en la esencia de la línea de Frente de Trabajadores, pero no unidad por la unidad, sino unidad para preparar el camino de la revolución y consumarla.
Y a continuación planteó la tesis que llevaría a los Socialistas a elaborar la polémica resolución del Congreso de Chillán, dos años más tarde:
"Nuestra estrategia descarta de hecho la vía electoral como método para alcanzar nuestro objetivo de toma del poder. ¿Significa esto abandonar las elecciones y propiciar el abstencionismo por principio? Debemos clarificar este problema sobre el cual, consciente o inconscientemente, se hace tanta oscuridad. Un partido revolucionario, que realmente es tal, le dará un sentido y un carácter revolucionario a todos sus pasos, a todas sus acciones y tareas que emprenda y utilizará para estos fines todos los medios que permitan movilizar a las masas...Afirmamos que es un dilema falso plantear si debemos ir por la "vía electoral" o la "vía insurreccional". El Partido tiene un objetivo, y para alcanzarlo deberá usar los métodos y los medios que la lucha revolucionaria haga necesarios. La insurrección se tendrá que producir cuando la dirección del movimiento popular comprenda que el proceso social, que ella misma ha impulsado, ha llegado a su madurez y se disponga a servir de partera de la revolución. No podemos predecir la forma concreta que adquirirá en el futuro la insurgencia de las masas (...) En la nueva etapa de la Revolución Chilena, el Partido Socialista tiene una nueva posibilidad de poner a prueba su condición de vanguardia revolucionaria de la clase, impulsando todas las iniciativas de las masas, desatando sus energías revolucionarias y convirtiéndose en campeón de sus luchas reivindicativas inmediatas y su liberación definitiva (...)".
Además el Congreso partidario acordó, por una parte, redoblar sus esfuerzos por afianzarse en las masas, y por otra, en el plano interno, experimentó un giro trascendental al adoptar el "leninismo". A partir de entonces, y de acuerdo con el mandato del XXI Congreso, se abocó a:
1º Planificar metas y tareas dirigidas a mejorar el rendimiento interno partidario en todos sus niveles de trabajo.
2º Impulsar una actividad política y doctrinaria destinada a recuperar los perfiles propios del Partido.
3º Sacar al PS de su aislamiento internacional.
Con relación al primer punto, el desafío era mayor y se declaró 1966 el "año de la organización". En el Pleno Nacional de marzo de ese año se acordó celebrar una Conferencia Nacional de Organización, la que se desarrolló en Santiago en agosto, a la cual concurrieron delegaciones representativas de 33 comités regionales, y miembros acreditados de las diferentes brigadas y frentes.
La Conferencia replanteó los principios orgánicos y modificó los Estatutos de acuerdo con lo cual el Partido se transformó en una organización marxista-leninista de cuadros revolucionarios para realizar una política de masas. La estructura orgánica también fue modificada de manera tal que respondiera adecuadamente a los mayores requerimientos de la línea política cada vez más inclinada a la vía insurreccional Nº 79, agosto de 1967.



Los grandes líderes de la renovación
Básicamente la generación que se hizo cargo del partido en 1947, y en este sentido Raúl Ampuero jugó un rol decisivo. Él, Adonis Sepúlveda, Clodomiro Almeida, Iván Núñez y Julio Cesar Jobet fueron los inspiradores intelectuales y políticos de una experiencia que marcó una de las etapas más fascinantes del Partido Socialista de Chile.
En menos de una década, el Partido había experimentado una transformación teórica y orgánica trascendente, al punto que aún hoy es motivo de polémicas. Ese tránsito, los Socialistas chilenos lo iniciaron a través de sus propios análisis, antes del triunfo del Movimiento 26 de Julio en Cuba, pero sin duda que el desarrollo de la revolución en ese país jugó un rol importante, más no determinante, en la radicalización del Partido Socialista de Chile.
La radicalización e izquierdización del Partido Socialista de Chile, fue un proceso que se originó en sus propias crisis internas y que se gestó con el recambio generacional en su dirección desde fines de la década de 1940. Ese proceso, en gran medida, estuvo determinado por la frustración que generó al interior de la organización fuerzas centrífugas y pugnas internas que le levaron al borde de la extinción en 1946.
La frustración de los socialistas chilenos luego de ocho años de colaboración en gobiernos encabezados por el Partido Radical tuvo altos costos políticos, que se expresaron no sólo en divisiones y la partida de líderes históricos, como fue el caso de Marmaduke Grove, sino en una vertical caída en el apoyo electoral que había logrado en sus primeros años de existencia, que se prolongó por algo más de una década. También esa crisis llevó al socialismo chileno por caminos divergentes en cuanto a las alianzas políticas que desarrollaron los principales sectores en que se verificó su división. Así, en 1952 mientras el grueso de los socialistas se plegó a la candidatura presidencial populista de Carlos Ibáñez, el sector minoritario, encabezado por Salvador Allende, inició una política de alianzas con el Partido Comunista de Chile, en su primera candidatura presidencial, que se prolongó hasta, por lo menos, 1976.
En alguna medida, ello reflejó las contradicciones socialistas por el próximo cuarto de siglo, pues mientras las resoluciones de sus congresos empujaban cada vez más a la organización a posturas y posiciones radicales que culminaron en las resoluciones del Congreso de Chillán de 1967, el Partido siguió participando con entusiasmo en las contiendas electorales, ya fuesen ellas municipales, parlamentarias o presidenciales.
El doble discurso partidario tuvo un costo importante para el Partido, en la medida en que su retórica revolucionaria generó al interior de la organización fuertes tendencias, que se alejaron cada vez más de la lógica de la política parlamentaria, mientras que, por otra parte, sus diputados y senadores jugaron un rol protagónico mayor. Las repercusiones de esa tensión estratégica tuvieron su máxima expresión luego de la tercera derrota de Salvador Allende en la elección presidencial de 1964.
En 197l, en el XXlll Congreso desarrollado en La Serena, se profundizan las tesis sobre la vía insurreccional y se refuerza la doctrina de inspiración Marxista sobre la defensa del gobierno popular. Como vemos, el proceso de evolución en la concepción de la insurrección como única vía para lograr el cambio social y la base para la construcción del Socialismo, en el caso del Partido Socialista, solo adquiere connotaciones reales y objetivas a partir del Congreso de Chillán. Posteriormente, en Linares se refuerzan los conceptos de revolución y salida insurreccional. En La Serena, el Congreso acuerda por amplia mayoría y dentro de esta lógica, crear como orgánica partidaria: El Frente Interno, estructura que será la encargada del trabajo hacia las Fuerzas Armadas, Sistema  de Inteligencia y Contrainteligencia, Grupos de Apoyo Operativo, De Protección al Presidente de la República, y el Aparato de Agitación y Propaganda. Esta estructura partidaria quedará a cargo de los Compañeros Arnoldo Camú y Exequiel Ponce, a quienes el Congreso elige. De esta forma, en 1971 período pleno en el ejercicio del Gobierno Popular, el Partido Socialista tenía una doctrina claramente revolucionaria en la concepción del momento histórico, una estructura que obedecía a la doctrina Marxista del partido revolucionario, todo esto, producto de un largo proceso evolutivo y democrático, determinado por Congresos regulares, donde el sentimiento popular y revolucionario quedó expresado en lo que fue la línea, estrategia, y doctrina de los socialistas, de tal forma, las tendencias, disidencias, conductas revisionistas y traiciones, por supuesto, no obedecen al Partido Socialista, que los hechos históricos y la realidad del pueblo construyó.
El Ejército de Liberación Nacional y El Partido Socialista

La dinámica del cambio revolucionario expresado en el proceso de evolución, descrito más arriba, que vivió el Partido Socialista a partir de 1955, motivado por el proceso interno del país, y profundamente por el cambio en el equilibrio de fuerzas provocado por la Segunda Guerra Mundial y los fenómenos nacionales de liberación de los pueblos, en amplios sectores de la humanidad, generaron una influencia determinante. El fenómeno de la descolonización de amplios sectores geográficos del mundo, como: La India en 1948; En África: Argelia y Palestina 1952-1962; En Asia: Corea, Vietnam, Indonesia, Camboya 1945-65; China 1948; La consolidación de la URSS 1947. En América: La revolución Mexicana 1910-1917; Nicaragua, Sandino 1926-1932; Salvador, Farabundo Martí 1932; Brasil, Movimiento Social de Juan Carlos Prestes 1931; Chile, Republica Socialista de Grove, 1932. Provocan un impulso determinante en la lucha revolucionaria en el mundo y en América Latina y generan un cambio sustancial en las condiciones objetivas y subjetivas de la posibilidad revolucionaria en todo el continente.

La determinación de los pueblos Latino Americanos de varios países en la década de 1960 a 1970, de iniciar procesos de liberación nacional por la vía revolucionaria insurreccional, está fundada principalmente por el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, la cual, por su ejemplo y por su contribución solidaria hace posible el anhelo emancipador en: Colombia; Venezuela; Perú; Brasil; Nicaragua; Brasil; Guatemala; Argentina; Uruguay.

En este contexto histórico del cambio revolucionario continental, se permean instituciones propias de la estructura de poder burgués, como las fuerzas armadas, las cuales son traspasadas por el sentimiento del cambio, iniciando procesos de claro corte nacionalista revolucionario, como: Panamá, Omar Torrijos; Guatemala, Turcíos Lima; Perú, Velasco Alvarado; Bolivia, Juan Jóse Torres. También producto del sentimiento de cambio que avanza por el continente, surgen procesos de Nacionalismo Populista como alternativa, en países como: Brasil, Janio Cuadros; Argentina, Cámpora y Perón; Ecuador, Velasco Ibarra.

En Estados Unidos, la crisis provocada por la extensión de la guerra en Viet Nam y los negativos resultados en el desarrollo de esta, y los graves conflictos interraciales internos, más, el fracaso de la estrategia de dominación desarrollista para América Latina llamada “Alianza para el progreso”, crean condiciones objetivas para pasar a niveles superiores de lucha emancipadora en la parte sur del continente.

En Europa, los primeros síntomas de crisis capitalista de los estados de bienestar, aplicados por la Socialdemocracia europea, empezaban a generar los primeros conflictos político sociales de lo que sería Mayo de 1968 en Paris, y sus consecuencias posteriores.

En este marco, donde los equilibrios de fuerzas cada vez son más desfavorables a los intereses del Imperialismo Capitalista, donde la agudización de la lucha ideológica había cautivado las conciencias de buena parte de la humanidad, se decide por parte del Alto Mando Cubano, el inicio de las acciones de liberación del Cono Sur de América, para lo cual, por sus realidades geopolíticas y estratégicas es elegida Bolivia,   como centro del inicio de las operaciones, para lo cual, se coordinan las acciones con el Partido Comunista Boliviano, al cual, se le capacitan militarmente 100 cuadros, los cuales, son adiestrados a nivel de comandos militares, se le entregan 200 mil dólares a su Secretario General Mario Monge para compra de pertrechos y recursos para compra de un amplio predio agrícola, de esta forma, se funda el Ejercito de Liberación Nacional de Bolivia, y se designa como su primer Comandante a Ernesto Guevara (Che). El plan de operaciones contemplaba crear Secciones del ELN en Argentina, Perú y Chile, las cuales, cumplirían los roles de apoyo logístico, comunicaciones y dotación de cuadros militares. En el caso de Chile, el Che estando aún en Cuba, encarga esta acción de crear la sección chilena, a su compañero en el Banco Nacional de Cuba: Jaime Barrios Meza, ex Comunista, quién en cumplimiento de esta instrucción viaja a Chile y toma contacto con las organizaciones políticas locales con el objeto de comprometerlas en los objetivos del plan liberador, solamente es acogido por un sector del Partido Socialista, concretamente por Elmo Catalán, quien lo contacta con Arnoldo Camú, dando inicio a lo que será la sección chilena del ELN, en ese primer momento, es incorporada: parte de la Brigada Universitaria Socialista, con Beatriz Allende, Eduardo Paredes, Domingo Blanco; Jaime Sótelo, sobreviviente de la masacre del Salvador; Manuel Matamoros N., Presidente de la Federación Bancaria de Chile y parte de la directiva de esta central sindical y muchos más connotados dirigentes políticos y sociales, todos de militancia Socialista, incluido el que escribe este análisis histórico, para los cuales no existía, a ese momento (1966) contradicción alguna entre la línea política del Socialismo Chileno y el objetivo liberador de un pueblo hermano americano, nuestro sentimiento profundamente latinoamericanista nos obligaba a comprometernos en esta lucha.

El desarrollo de la lucha en Bolivia muchos de nosotros lo conocemos, la acción liberadora fracasa por las graves contradicciones de la izquierda boliviana, por la traición del Secretario General del Partido Comunista Boliviano, quién niega su apoyo al ELN, antes ofrecido, quién no entrega el contingente de comandos revolucionarios entrenados para tal efecto, quién se roba los recursos entregados y manda a su familia a Rio de Janeiro por razones de seguridad, lo que motiva que dos miembros del Comité Central: Inti y Coco Peredo, renuncien a ese partido y se integren a la guerrilla. Nosotros, la sección chilena, cumplimos con nuestro mandato, el apoyo logístico siempre estuvo en tiempo y lugar, anecdóticamente: con increíble esfuerzo, llevamos desde Chile equipos de comunicación Thomson entregados por el ELN argelino; no solo dotamos de equipos y pertrechos a la lucha guerrillera, sino, también de combatientes revolucionarios chilenos, que ofrendaron su vida por la gesta emancipadora del Che en Bolivia, hoy héroes olvidados. Vaya hacia ellos nuestro homenaje y recuerdo.

La acción de apoyo logístico en lo material y político, de la sección chilena del ELN, siempre estuvo presente: Después de Ñancaguazú, nuestro rol siempre fue cumplido, refugio y protección clandestina a Coco e Inti Peredo acá en Chile, por largo tiempo, después de Teoponte, apoyo a los detenidos y a las víctimas de la represión, labor que estuvo a cargo del Compañero Salvador Allende G., como Presidente de Olas y del Senado chileno.

El deber de todo revolucionario es hacer la revolución, fundados en esa premisa, muchos chilenos socialistas,  pensamos que dadas las condiciones en 1966, cuando fuimos convocados, no creábamos contradicción alguna al incorporarnos a la lucha guerrillera del Che en Bolivia. Las condiciones, del punto de vista doctrinario, habían evolucionado en el socialismo chileno, Chillan después ratifica esto, que es profundizado en Linares y La Serena. La concepción de un partido Marxista Leninista, el método de análisis de la realidad y los acuerdos de sus Congresos no creaban contradicción alguna con los objetivos de la lucha guerrillera cuyo fin era la revolución.

Cuando Allende accede al poder burgués en 1970, sabíamos perfectamente a quien nos enfrentaríamos: A la Burguesía y al Imperialismo, la aplicación del programa propuesto a los chilenos planteaba este enfrentamiento. Nuestros aliados eran desde el punto de vista de nuestra tesis: Los trabajadores, manuales e intelectuales, un Gran Frente de Trabajadores, que debía formarse para apoyar la aplicación del programa y consecuentemente defender al gobierno popular. La dinámica social que genera la aplicación del programa a Octubre de 1972: Nacionalización de la Banca Privada, Nacionalización del Cobre y las riquezas básicas, aplicación de las 40 medidas etc. (…) Genera, un profundo proceso de polarización que descarta la otra tesis en el seno de la Izquierda, cual era, la creación de un Movimiento de Liberación Nacional, apoyada por el Partido Comunista y los sectores reformistas de la UP, pues la polarización en el polo político opuesto, alió a la burguesía DC y otros sectores con la Derecha y los intereses Imperialistas, esta sería, la contradicción en la izquierda chilena, que determina el fracaso del proceso. El programa de la UP proponía crear las bases para la construcción del Socialismo por la vía democrática, por tanto, la tesis de la “Revolución Democrática Burguesa” de los Comunistas y reformistas, era extemporánea, ya había fracasado en Chile. Frei, los Democratacristianos, con su “Revolución en Libertad” representaban eso, que los chilenos rechazaron en 1970.

El plan de la burguesía y el imperialismo contra el régimen que se inicia en 1970, empieza improvisadamente con acciones de boicot del gobierno de Frei Montalva, a cargo del Ministro de Hacienda Andrés Zaldívar, Frei exige garantías especiales al Presidente que asume, y desemboca, en el asesinado del Comandante en Jefe del Ejercito Don René Schneider, organizado por la ultraderecha aliada a sectores del ejercito.

Durante 1971, el programa del gobierno popular se aplica profundizándose a áreas de la economía no contempladas en el proyecto original, fundamentalmente, empujadas por la lucha de clases de un pueblo trabajador que identificaba a este, como su gobierno, las elecciones municipales se desarrollan y entregan un amplio triunfo a la UP con un 50% de la votación, este resultado electoral plantea por primera vez en Chile el término de los 3/3 y nuevamente echa por tierra la tesis del Frente de Liberación Nacional, al desahuciar cualquier posibilidad de alianza con la burguesía al situar a esta, cada vez más a la derecha, generando ya a ese momento, las condiciones para un plan con claro perfil desestabilizador al Gobierno. En estas condiciones de radicalización del proceso, se configura el plan del sector opositor: Primeramente, se buscará la generación de conflictos sociales artificiales; Se creara crisis de desabastecimiento; Se organizaran a los sectores empresariales de la burguesía para que organice paros en el país, Octubre de 1972; acciones Terroristas a cargo de la Ultra Derecha etc. (…). Este plan, ya en una clara alianza política entre la Derecha y la Democracia Cristiana, tenía como objetivo en Diciembre de 1972, la destrucción de la imagen nacional e internacional del Gobierno de Salvador Allende, para enfrentar las elecciones de Marzo de 1973, donde pretendían obtener los 2/3 del quórum parlamentario, y acusar constitucionalmente al Presidente. El plan fracasa, ya que la UP obtiene en esa elección el 44% de la votación, obligando a la alianza opositora a pasar decididamente al plan golpista contra el régimen, ya a ese entonces, con claro asesoramiento del Departamento de Estado de EEUU y la CIA.

Durante la crisis de Octubre de 1972, el Presidente incorpora a las FFAA al gabinete, en esto queremos ser claros: La figura de Carlos Prats González, era suficiente garantía de profesionalismo militar y respeto a la institucionalidad. Asimismo, a otros miembros del alto mando militar, cuestión que quedó clara después del golpe: Prats renuncia por falta de apoyo del gobierno, Sepúlveda Galindo Director de Carabineros, es conminado a renunciar el mismo día 11 de Septiembre, así como Montero en la Armada, solo Ruiz Danyau de la Fach ofrece un caso especial, pues era Democratacristiano. Altos mandos de las FFAA son incorporados a la gestión de gobierno, este fenómeno los hace tomar parte y conocimiento de los problemas que estaban ocurriendo y sus causas, además, los informes de los servicios de inteligencia les informaban de la acción del golpismo que ponía en riesgo la estabilidad institucional del país. Esta cuestión de la mayor importancia, decide al General Prats a diseñar un  Plan de Defensa de Santiago, que tenía como objetivo defender la legalidad y la constitucionalidad, para esto, se hizo asesorar en lo que respecta a fuerza civil e infraestructura, por Comisiones especiales ya contempladas en la estructura del Partido Socialista, y elegidas en el Congreso de La Serena. El Plan consistía simplemente en constituir zonas liberadas, que por su realidad en infraestructura, fuerza civil, infraestructura militar institucional, ofrecieran garantías estratégicas para defender al régimen, con una respuesta insurreccional en defensa del Estado, así operaba la dialéctica del plan.

La asonada golpista del 29 de Junio de 1973, pone a prueba el ascendiente del general Prats sobre la tropa, contra todas las especulaciones que se han tejido en torno al carácter de esta aventura golpista.

Este día, 29 de Junio de 1973, es una fecha hito dentro de nuestra historia, las FFAA  chilenas, en la mañana, abortan la aventura golpista del sector cívico militar que atentaba contra el régimen y en la tarde el pueblo de Santiago, brinda a su gobierno, el más grande apoyo en una movilización histórica que duró horas, fue en ese momento, que el régimen debió descabezar al golpismo cívico militar y evitar la barbarie que empezaría a asolar a Chile dos meses después.

Nuevamente, son las contradicciones de la izquierda, esta vez de la chilena, las que provocan las condiciones para que se desate el plan golpista. Prats, renuncia por falta de apoyo de la UP, sin él, nada garantiza lo que ocurrirá, así lo entendieron los golpistas quienes concentran la acción en su contra y lo obligan a tomar esta decisión, un año después, lo asesinan en Buenos Aires. La suerte que corrieron los otros sectores de las FFAA más comprometidos con el proceso, la conocemos, en la Armada, 75 suboficiales    fueron cruelmente torturados antes del golpe y mantenidos en prisión por largo tiempo, igual suerte, tuvieron 115 miembros del Alto mando y suboficiales en la Fach, Comandantes de regimiento en el Ejercito, en Carabineros etc. (….)

Este error estratégico incalificable, motivado como dijo Ampuero años antes, por el Talmudismo sectario y dogmatico de un Fundamentalismo fanático, que solo y obsecuentemente, quiso reproducir experiencias de otras realidades históricas fracasadas y otras culturas, posibilitó el golpe de estado en Chile. También y claramente, los sectores reformistas del partido Socialista, quienes nunca cumplieron los acuerdos de los Congresos del Partido, a partir de Chillán, cayendo en fraccionalismo estériles, tendenciales sin fundamento, pues sus posiciones solo representaban caudillismo, debilitando al Partido. Años después, los hechos históricos darían la razón a este argumento: Los Socialismos de Estado son rechazados por las sociedades victimas de ellos y el Socialismo chileno, cae en un revisionismo traidor y oportunista, adjurando de lo que es el Socialismo chileno,  ese que está plasmado en la figura de Allende.

El período que va entre la asonada golpista del 29 de Junio y el 11 de Septiembre de 1973, está fielmente reproducido en la Carta del 5 de Septiembre de 1973, que los trabajadores chilenos organizados en Cordones Industriales, envían al Presidente de la Republica, es clara y categórica en ratificar el apoyo al gobierno popular, en su ánimo de defensa de los derechos y la cuota de poder obtenidos hasta ese momento, denuncian los atropellos de que están siendo víctimas, de cómo allanan sus casas, sus trabajos, de cómo crean terror, de cómo desarman al pueblo, nada se hace, ya nada había que hacer, el 23 de Agosto de ese año, el Senado manejado por Frei y Aylwin acusa de ilegalidad al Presidente, creando los argumentos para el golpe de estado.

Contrariamente a lo orquestado en la Institucionalidad golpista del Estado, el pueblo participe en la gestión de gobierno, había adquirido tal nivel de conciencia, organización y lucha, que la denuncia y propuesta formulada en la mencionada Carta de los Cordones Industriales, pasa a tener el carácter de mandato al Presidente de la República, él cual así lo entiende, y decide llamar a un Plebiscito.

La crisis que se había producido  por la falta de gobernabilidad de la UP, producto de sus graves contradicciones internas, había desembocado en esta paradoja: Teníamos Plan de Defensa de la Institucionalidad, pero no teníamos al Comandante para implementarlo, Prats garante de este plan, había renunciado el 20 de Agosto; Teníamos a la fuerza civil para coordinar con la fuerza militar leal, los Grupos Operativos y los Grupos de Inteligencia del Partido Socialista estaban insertos en el Plan General; Y lo más importante, teníamos a un pueblo decidido a defender hasta las últimas consecuencias a su gobierno.

Los detalles y pormenores de lo ocurrido el 11 de Septiembre aquel, son conocidos, solo me referiré a los antecedentes que han sido premeditadamente silenciados. Todos conocíamos la decisión del Presidente Allende de no abandonar la Presidencia antes de cumplir su mandato,  sabíamos que iba a cumplir su palabra, lo conocíamos. Teníamos un plan de defensa de la institucionalidad, trunco, sin comandante de la fuerza militar, pero sí de la fuerza civil: Arnoldo Camú; teníamos el contingente civil adiestrado y equipado; teníamos a los equipos sanitarios; teníamos la zona a liberar: la zona sur de Santiago, por sus características de densidad poblacional, concentración de industrias metalmecánicas que permitían la fabricación de equipo; y teníamos las mejores estructuras de organización obrera: los Cordones Industriales de Vicuña Mackenna, San Joaquín y Cerrillos; y además, teníamos la decisión de defender junto a nuestro Presidente, la legalidad de su mandato y los derechos del pueblo.

La operación de defensa, se tornaba difícil, pues la fuerza militar institucional a esa hora (7.30 A.M.) no aparecía clara en su posición, si sabíamos del alzamiento de la Armada, El Siglo en su edición a primera hora, en grandes caracteres llamaba al pueblo a la defensa del Gobierno, fuimos convocados a primera hora por parte de Comité Central, al estadio Cormu en San Joaquín, donde estaban presentes los compañeros: Carlos Altamirano, Adonis Sepúlveda, Exequiel Ponce, Rolando Calderón y Arnoldo Camú, se nos entregaron los equipos y se nos señaló nuestro lugar de combate, el contingente reunido en ese lugar fue de 120 a 140 hombres, los cuales inmediatamente se dirigieron en columna motorizada hacia la industria Indumet, en esta industria especializada, a esa hora ya se estaba fabricando equipo militar por parte de sus 200 obreros dirigidos por su interventor, el compañero Ponce ingeniero ecuatoriano, salvajemente asesinado, también se encontraba reunido el equipo sanitario a cargo de la Compañera Celsa Parrau esposa de Camú.
El primer objetivo que se define una vez ubicados en la zona a liberar, es rescatar al Presidente, para lo cual, se estaba en comunicación con el Compañero Paredes (Coco) ubicado en la Moneda y todo indicaba que la decisión de Allende, en ese momento, concordaba con el objetivo señalado.

Es una reunión trascendental, acordada previamente, que se lleva a cabo en Indumet,  la que definirá el curso de los acontecimientos ese día, el Partido Comunista comunica su decisión de no defender al Gobierno Constitucional y pasar a la retaguardia en espera de la reacción del Parlamento, pasando desde ya a la clandestinidad. Esto es comunicado al Partido Socialista quién llevaba la iniciativa de defensa, por Víctor Díaz y José Oyarce, miembros de la dirección de ese partido.
Con respecto a esto, debemos precisar que un mes antes, oficialmente ese partido, había informado “que contaba con 18.000 hombres en armas” textual, un 10% de su militancia total, y además ese día en la mañana temprano “El Siglo” llamaba al pueblo a defender al gobierno. Nuevamente, como en el caso Boliviano, se antepone al interés de la revolución, el interés dogmatico y sectario de una tesis fracasada a ese momento en Chile. El resto ya lo conocemos, como los comunistas desarman la industria Sumar en ese momento, dejando a los obreros dispuestos a luchar sin armas etc. (….)

En el caso del MIR, a esa reunión asiste Miguel Enríquez y Pascal Allende, aceptan el plan propuesto, piden se les espere coordinar su fuerza central de 400 hombres, 80 de ellos con equipo completo.

Este hecho fundamental, es informado al Compañero Presidente, quién decide ofrendar su vida luchando por los intereses del pueblo.

El otro hecho importante que ocurre ese día, y que lo vivimos, es la actitud del pueblo: En Sumar, sus trabajadores, y en la población La Legua vecina a esta industria, sus pobladores. Debemos considerar que a 500 metros de los pobladores y trabajadores, ese día, estaba acantonada la 2º División del Ejército, a cargo de Brady, no obstante ello, trabajadores, pobladores y combatientes mancomunados, resistimos durante tres días el cerco y solo levantamos la zona liberada el 13 de Septiembre.

La Legua es una de las poblaciones más antiguas de Santiago, sus orígenes se remontan a la crisis del salitre, cuando los obreros de esta actividad, quedan cesantes y emigran hacia Santiago, tomándose estos terrenos, es cuna del proletariado chileno. Hoy tan estigmatizada y criminalizada, vaya hacia ellos mi homenaje, por su tributo de solidaridad y espíritu de lucha, demostrado ese día.

Se nos consulta por parte de los jóvenes, entendemos: ¿Qué hicimos los Eleno-Socialistas, desde nuestros cargos, como funcionarios del gobierno popular o dirigentes del Partido?

La lucha revolucionaria en Bolivia, el Socialismo chileno en 1970 y la inédita posibilidad de construir las bases para hacer de Chile un país socialista, por la vía democrática, genera en mi conciencia un fenómeno simbiótico de retroalimentación de los tres conceptos, creo que a muchos de nosotros nos ocurrió algo similar.

Haber sido miembro del ELN desde 1966 y militantes del Partido Socialista desde 1964, después de la evolución que tuvo el Partido Socialista, es una simbiosis que claramente desemboca en el fenómeno revolucionario, y la Unidad Popular era eso: Un proceso Revolucionario, Democrático y Popular.

¿Qué hicimos?: Aplicar aceleradamente el programa de Gobierno, haciendo uso de todas nuestras capacidades, en Marzo de 197l, habíamos recuperado todo el sistema financiero chileno para el Estado, a fines de ese año, habíamos constituido el Área Social de la Economía, recuperando las riquezas básicas del país, al mismo tiempo, Coordinábamos y Asesorábamos al Área Auto Gestionada por los trabajadores, aplicábamos un real proceso de Reforma Agraria, sin exclusiones, considerando a nuestras Etnias originarias, con ayuda técnica y financiera, eso a grande rasgos, en el sector de la economía. En el área de la organización política y social, crear y apoyar una nueva concepción de organización popular, dotándola de facultades de autogestión, luego pasarían a ser los Cordones Industriales. Desde el punto de vista partidario, preparar al partido y prepararnos, para el enfrentamiento que inevitablemente llegaría.

Vaya este trabajo en homenaje a los héroes olvidados, aquellos que me acompañaron durante cincuenta años en la realización de mis sueños, algunos construidos, y otros que, aún forman parte de mis utopías:

En Bolivia

Elmo Catalán
Tirso Montiel
Carlos Brain
Inti Peredo

En Chile:

Arnoldo Camú
Ricardo Lagos Salinas
Exequiel Ponce
Jaime Barrios
Manuel Matamoros
José Monreal Mac Mahón
Eduardo Charme
Olga Ackermann
Manuel Chacón C.
Fermín Díaz A.
Jorge Del Campo B.
Alicia Cubillos G. mi compañera de toda la vida.


Santiago, Chile, Septiembre de 2014

Raúl José Celpa López

jueves, agosto 29, 2013

DIGNIDAD Y JUSTICIA PARA CECILIA MAGNI Y RAUL PELLEGRIN


sábado, marzo 31, 2007

No imponer sino convencer

Marta Harnecker

► 1. Los movimientos populares y, en general, los diferentes actores sociales que hoy están en las principales trincheras de lucha contra la globalización neoliberal tanto a nivel internacional como en sus propios países rechazan, con razón, las conductas hegemonistas No aceptan la actitud de aplanadora que solían usar algunas organizaciones políticas y sociales que, aprovechándose de ser las más fuertes y acaparando cargos de dirección, pretendían instrumentalizar al movimiento. No aceptan que se intente imponer en forma autoritaria la dirección desde arriba; que se pretenda conducir al movimiento por órdenes por muy correctas que éstas sean.

2. Una actitud hegemonista en lugar de sumar fuerzas produce el efecto contrario. Por una parte, crea malestar en las otras organizaciones: éstas se sienten manipuladas y obligadas a aceptar decisiones en las que no han tenido participación alguna, y por otra, reduce el campo de los aliados, ya que una organización que asume una posición de este tipo es incapaz de captar los reales intereses de todos los sectores populares y crea en muchos de ellos desconfianza y escepticismo.

3. Pero luchar contra el hegemonismo no significa renunciar a luchar por ganar la hegemonía que no es otra cosa que tratar de conquistar, de persuadir a los demás de lo correcto de nuestros criterios y de lo válidas que son nuestras propuestas.

4. Para ganar la hegemonía no se requiere inicialmente ser muchos, basta con unos pocos. La hegemonía lograda por el Movimiento 26 de Julio conducido por Fidel Castro en Cuba, nos parece una prueba suficientemente convincente de esta afirmación.

5. Más importante que crear un poderoso partido con un gran número de militantes es levantar un proyecto político que refleje las aspiraciones más sentidas del pueblo y, por eso mismo, conquiste su mente y su corazón. Lo importante es que su política sea respaldada por las masas, que concite consenso en la mayoría de la sociedad.

6. Hay partidos que se vanaglorian del gran número de militantes que tienen, pero, de hecho, sólo conducen a sus afiliados. Lo central no es, entonces, que el partido sea grande o pequeño, lo que interesa es que la mayoría de la gente se sienta identificada con sus propuestas

7. En lugar de imponer e instrumentalizar, hay que convencer y sumar a todos los que se sientan atraídos por el proyecto que se pretende realizar. Y sólo se suma si se respeta a los demás, si se es capaz de compartir responsabilidades con otras fuerzas.

8. Hoy, sectores importantes de la izquierda han llegado a la comprensión de que su hegemonía será mayor cuando logren que más gente siga sus propuestas, aunque éstas no aparezcan bajo su sello. Hay que abandonar la antigua práctica equivocada de pretender cobrar derechos de autor a las organizaciones que osan levantar sus banderas.

9. Si se logra conquistar para esas ideas a un número importante de líderes naturales, se asegura con ello que sus ideas lleguen en forma más efectiva a los distintos movimientos populares. Es importante también conquistar para el proyecto a personalidades destacadas en el ámbito nacional, porque ellas son formadoras de opinión pública y serán eficaces instrumentos para divulgar las propuestas y conquistar nuevas adhesiones.

10. Pensamos que una buena manera de medir la hegemonía alcanzada por una organización es examinar cuántos líderes naturales y personalidades han asumido sus ideas y, en general, cuántas personas se sienten identificadas con ellas.

11. El grado de hegemonía alcanzado por una organización política no puede medirse entonces por la cantidad de cargos que se logre conquistar. Lo fundamental es que quienes están en cargos de dirección en las diversas organizaciones y movimientos hagan suyas e implementen las propuestas elaboradas por esa organización, aunque no sean militantes de ella.

12. Una prueba de la consecuencia de una agrupación política que se declara no hegemonista es justamente ser capaz de proponer para los diferentes cargos a los mejores hombres, sean estos de su propio partido o sean independientes o de otros partidos. De las figuras que la izquierda sea capaz de levantar dependerá en gran medida la credibilidad que el pueblo tenga en su proyecto.

13. Por supuesto que esto es más fácil de decir que de practicar. Suele ocurrir que cuando una organización es fuerte ésta tienda a subvalorar el aporte que puedan hacer otras organizaciones y que tienda a imponer sus ideas. Es más fácil hacer esto que arriesgarse al desafío que significa ganar la conciencia de la gente. Mientras más cargos se tiene, más atento hay que estar de no caer en afanes hegemonistas.

14. Por otra parte, el concepto de hegemonía es un concepto dinámico, la hegemonía no se gana de una vez y para siempre. Mantenerla es un proceso que tiene que ser recreado permanentemente. La vida sigue su curso, aparecen nuevos problemas, y con ellos nuevos retos.◄

Bibliografía de Marta Harnecker sobre el tema:

¾La izquierda en el umbral del Siglo XXI. Haciendo posible lo imposible, Publicado en: México, Siglo XXI Editores, 1999; España, Siglo XXI Editores, 1ª ed., 1999, 2ª ed., 2000 y 3ª ed., 2000; Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, 2000; Portugal, Campo das Letras Editores, 2000; Brasil, Paz e Terra, 2000; Italia, Sperling and Küpfer Editori, 2001; Canadá (francés), Lantôt Éditeur, 2001; El Salvador, Instituto de Ciencias Políticas y Administrativas Farabundo Martí, 2001.

¾Hacia el Siglo XXI, La izquierda se renueva, Quito, Ecuador, CEESAL, 1991

¾Vanguardia y crisis actual o Izquierda y crisis actual, Siglo XXI España, 1990. Publicado en: Argentina, Ediciones de Gente Sur, 1990; Uruguay, TAE Editorial, 1990; Chile, Brecha, 1990; Nicaragua, Barricada, 1990. Con el título Izquierda y crisis actual: México, Siglo XXI Editores, 1990; Perú, Ediciones Amauta, 1990; Venezuela, Abre Brecha, 1990; Dinamarca, Solidaritet, 1992.

viernes, septiembre 08, 2006

El papel del Intrumento Politico

Marta Harnecker

► 1. Los recientes levantamientos populares que han sacudido a Argentina y a Bolivia y, en general, la historia de los múltiples estallidos sociales que se han producido en América latina y el mundo , han demostrado fehacientemente que no basta la iniciativa creadora de las masas para lograr la victoria sobre el régimen imperante.

2. Masas urbanas y campesinas empobrecidas se han sublevado y sin una conducción definida se han tomado carreteras, pueblos, barrios, han asaltado centros de abastecimiento, han logrado tomar parlamentos, pero, a pesar de haber logrado la movilización de cientos de miles de personas, ni su masividad ni su combatividad permitieron pasar de la insurrección popular a la revolución Han logrado derribar presidentes, pero no han sido capaces de conquistar el poder para iniciar un proceso de transformaciones sociales profundas.

3. La historia de las revoluciones triunfantes, por el contrario, ratifica en forma porfiada lo que se puede lograr cuando existe un instrumento político capaz, en primer lugar, de levantar un programa alternativo de carácter nacional que permita canalizar la lucha de los diversos actores sociales hacia un objetivo común; que ayude a articularlos entre sí y que sea capaz de promover la elaboración de los pasos a seguir de acuerdo a un análisis de la correlación de fuerzas existente. Sólo así se podrán lanzar las acciones en el momento y el lugar más oportuno, buscando siempre el eslabón más débil de la cadena enemiga.

4. Esa instancia política es como el pistón que comprime al vapor de una locomotora en el momento decisivo y permite que éste no sea desperdiciado y se convierta en fuerza impulsora.

5. Para que la acción política sea eficaz, para que las actividades de protesta, de resistencia y de lucha logren cambiar realmente las cosas, para que las insurrecciones desemboquen en revoluciones, se requiere una instancia política que ayude a superar la dispersión y atomización del pueblo explotado y oprimido creando espacios de encuentro para aquellos que tienen diferencias pero luchan contra un enemigo común; que sea capaz de potenciar las luchas existentes y promover otras orientando las acciones en base a un análisis de la totalidad de la dinámica política; que sirva de instrumento articulador de las múltiples expresiones de resistencia y de lucha

6. Reconocemos que el terreno no es fértil para escuchar estas ideas. Hay muchos que no aceptan siquiera discutirlas. Y adoptan esta actitud porque las asocian a las prácticas políticas antidemocráticas, autoritarias, burocráticas, manipuladoras que han caracterizado a muchos partidos de izquierda.

7. Yo creo que es fundamental superar este bloqueo subjetivo y entender que cuando hablo de un instrumento político, no se trata de cualquier instrumento político, se trata de un instrumento político adecuado a los nuevos tiempos; un instrumento que tenemos que construir entre todos.

8. Pero para crear o remodelar el nuevo instrumento político hay que cambiar primero la cultura política de la izquierda y su visión de la política. Esta no puede reducirse a las disputas políticas institucionales por el control del parlamento, de los gobiernos locales; por ganar un proyecto de ley o unas elecciones. En esta forma de concebir la política, los sectores populares y sus luchas son los grandes ignorados. La política tampoco puede limitarse al arte de lo posible.

9. Para la izquierda la política debe ser el arte de hacer posible lo imposible. Y no se trata de una declaración voluntarista. Se trata de entender la política como el arte de construir fuerza social y política capaz de cambiar la correlación de fuerzas a favor del movimiento popular de tal modo de poder hacer posible en el futuro lo que hoy aparece como imposible.

10. Hay que pensar la política como el arte de construir fuerzas. Hay que superar el antiguo y arraigado error de pretender construir fuerza política sin construir fuerza social.

12. Por desgracia, entre nuestros militantes hay todavía mucha verborrea revolucionaria; mucho radicalismo en los pronunciamientos. Estoy convencida de que la única forma de poder radicalizar las cosas es mediante la construcción de fuerzas. A los que se llenan la boca de exigencias de radicalización hay que preguntarles: ¿qué están haciendo ustedes por construir la fuerza social y política que permita hacer avanzar el proceso?

13. Pero esta construcción de fuerzas no se produce espontáneamente, espontáneamente sólo se producen los estallidos sociales. Requiere de un sujeto constructor.

14. Y yo imagino este instrumento político como una organización capaz de levantar un proyecto nacional que permita aglutinar y sirva de brújula a todos los sectores que se oponen al neoliberalismo. Como una instancia volcada hacia la sociedad, que respete la autonomía de los movimientos sociales y renuncie a manipularlos, y cuyos militantes y dirigentes sean verdaderos pedagogos populares, capaces de potenciar toda la sabiduría que existe en el pueblo ¾tanto la que proviene de sus tradiciones culturales y de lucha, como la que adquiere en su diario bregar por la subsistencia ¾ a través de la fusión de estos conocimientos con los más globales que la organización política pueda aportar. Como una instancia orientadora y articuladora al servicio de los movimientos sociales. ◄

Bibliografía de Marta Harnecker sobre el tema:

¾ La izquierda después de Seattle, Siglo XXI España, 2002.

¾La izquierda en el umbral del Siglo XXI. Haciendo posible lo imposible, Publicado en: México, Siglo XXI Editores, 1999; España, Siglo XXI Editores, 1ª ed., 1999, 2ª ed., 2000 y 3ª ed., 2000; Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, 2000; Portugal, Campo das Letras Editores, 2000; Brasil, Paz e Terra, 2000; Italia, Sperling and Küpfer Editori, 2001; Canadá (francés), Lantôt Éditeur, 2001; El Salvador, Instituto de Ciencias Políticas y Administrativas Farabundo Martí, 2001.

¾Hacia el Siglo XXI, La izquierda se renueva, Quito, Ecuador, CEESAL, 1991

¾Vanguardia y crisis actual o Izquierda y crisis actual, Siglo XXI España, 1990. Publicado en: Argentina, Ediciones de Gente Sur, 1990; Uruguay, TAE Editorial, 1990; Chile, Brecha, 1990; Nicaragua, Barricada, 1990. Con el título Izquierda y crisis actual: México, Siglo XXI Editores, 1990; Perú, Ediciones Amauta, 1990; Venezuela, Abre Brecha, 1990; Dinamarca, Solidaritet, 1992.